La Mirada

La Mirada

16 mayo, 2020 37 Por cinque -

Para el psicoanálisis, una de las mayores necesidades del ser humano para hacerse humano, recae en la mirada.  La mirada de los primeros objetos de amor.  De la madre, si el bebé es afortunado, y si no, de una mirada suplente o complementaria, como del padre o de alguien más.  Esa mirada que desearíamos que para todos fuera como la del Rey León cargando a su cachorro y mostrándoselo al mundo como lo más importante en ese momento y el merecedor del reino. 

Todo el sentido del self recae en la mirada.  Su sobrevivencia y su caracter dependen de esa mirada o falta de mirada.  Que le refleje al bebé que es valioso y que es. 

La mirada es importante a lo largo de la vida.  Ser vistos por tus padres, y después por otros; por tus maestros, por quienes van creciendo contigo y por quienes a lo mejor un día ven la capacidad que tienes de hacer lo que más te gusta.   ¡Qué maravilla aquellos que pueden hacer lo que más aman y ser aplaudidos por eso!  Los músicos que pueden presentarse en un concierto; los pintores que son vistos y llevados a museos; los autores que ven sus libros publicados y comprados por cientos de personas.  Y no sólo los artistas; todos necesitamos de esa mirada.  Intentar hacer las cosas bien, lograr lo que nos proponemos, encontrar la mejor manera de hacer algo en nuestra chamba.  Todo sabe mejor cuando alguien lo nota.  Incluso para las empresas sigue siendo importante reconocer el buen trabajo de alguien, el número de años que lleva trabajando por ésta; y hasta el empleado del mes. 

Desafortunadamente no todos tenemos la posibilidad de tener esa mirada.  No en la sociedad en general, pero ni siquiera en casa.  Niños no deseados.  Son como Jean-Baptiste Grenouille del libro de Patrick Süskind, que parecen no despedir aroma siquiera, porque no han sido sumergidos en amor.  ¿Cómo esperar que tengan un futuro diferente, si caminan constantemente en una base endeble?

¿Cuántos faltan por ser vistos? ¿Cuántos niños pasan en la calle y te piden una moneda y la mayoría pasamos sin quererlos ver porque duele… o porque ya dejamos de verlos a fuerza de la costumbre?  Duele ver a niños en la noche, con un tapabocas (más para hacer concordancia con lo que se está viviendo en estos momentos que por precaución real), encontrando su lugar en medio de un camellón.  Y crecen y siguen su vida acercándose a las ventanillas de los coches esperando ya no una mirada, sino unas cuantas monedas. 

Duelen.  ¿Se puede hacer algo? 

Eduardo y Karen platicaban en alguno de los programas de NPI de la dificultad de la contención de la violencia doméstica.  En estos días de encierro, hay muchos que se encuentran en mayor peligro dentro de sus casas que ante la exposición de un simple virus.  La violencia intrafamiliar empieza por la pareja o por el estrés de no saber contener el llanto de un niño, o por las enormes dificultades económicas a las que se está siendo sometido.  Y no se sabe por dónde atacarla:  ¿se empieza con los adultos o con los niños?  Es difícil que los adultos cambien, pero ¿qué futuro les depara a los niños que crecen con un monto de agresión importante en su diario vivir?

¿Por qué será que unos gozamos de este tipo de privilegios y otros no? 

Tomaré las palabras de quien en algún concierto presentó a Joshua Bell, hablando de la entrevista que había tenido previamente con él en donde le había preguntado si creía que la suerte había tenido un rol en el éxito de su carrera.  Éste había contestado con una afirmación contundente, pues no podría haber llegado a ser de los mejores violinistas del mundo sin su esfuerzo contínuo, pero tampoco, sin haber nacido en una familia en donde todos tocaban algún instrumento; de haber crecido habiendo escuchado música todos los días; y de haber tenido la oportunidad de haber ido a la universidad con el mejor maestro de violín del mundo. Yo le agregaría el haber tenido una mirada y una expectativa de que hiciera música. 

“Mientras tanto”, decía el presentador, “hay millones de niños que no tienen esas oportunidades (¿esa mirada?).  ¿No será nuestra obligación hacer algo porque esa suerte esté más balanceada”

Hoy pienso:  ¿no será nuestra tarea, como maestros, como privilegiados seres humanos que han tenido miradas diferentes, como adultos que tienen la capacidad de contenerse e incluso de contener, de darle la mirada a alguno de esos niños menos privilegiados?  A través de nuestro trabajo, a través de la realización de una campaña para proteger de la violencia intrafamiliar, a través de la mirada al niñito que se asoma a la ventana del coche; a través de darle algún privilegio a ese niño que nunca tendría la posibilidad de consultar a un pediatra.  O, tal vez, acercando a un buen trabajador un día al arte:  a un museo, a un concierto, a un evento del que quizás nunca hubiera siquiera sabido de su existencia.

No me cabe duda, que en estos momentos de pandemia, inseguridad  e incertidumbre, todos necesitamos ser tocados.  Y es ahora cuando no debemos. 

Afortunadamente, también hay otras maneras de abrazar.  Los terapeutas solemos abrazar con las palabras; alguien se puede sentir abrazado desde lejos con un mensaje en el celular, que puede resultar de alivio o de una activación incontenible.  Creo que por eso resulta tan motivante subir “historias” a las redes sociales, con la esperanza de encontrar un eco, un like o un “view” (mirada), o cientos. La mirada puede ser un abrazo.  La mirada contiene.

Hoy me siento muy afortunada por la mirada de mis hijos, de mis papás, de mis hermanos, de mis amigos, de algunos maestros.  Me siento muy afortunada de ser vista con amor.

Miremos.

cinque

Columna

psicoterapeuta | corredora empedernida | apasionada por los vínculos, la buena música y la escritura | mamá de 2 | aprendiz de lo posible y de lo imposible

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