El miedo anda suelto

El miedo anda suelto

25 abril, 2020 1880 Por Edo

El miedo es uno de los peores monstruos a los que me he enfrentado. He tenido mucho miedo y he llegado a soñar con el miedo del momento. Sé que sabes de lo que hablo, hablo de esa sensación que se siente en las plantas de los pies, en las rodillas y en el estómago.  El miedo generalmente se esconde en la oscuridad, en donde no lo puedes ver, sin embargo, te amenaza y te deja pistas. Una pista por aquí, otra por allá, un sonido extraño o unas palabras inadecuadas.

Cuando no lo puedes ver, cuando no sabes lo que puede hacer, cuando son pequeñas cosas que sumadas en tu mente te hacen pensar en él. Hay ocasiones en que el miedo se esconde en un amigo, en la cara del vecino, el miedo se esconde en lo que le pasa a otros. Nos encanta ver películas dónde nos espantan y muy pronto notamos que el monstruo era una ilusión, tomamos aire y sacamos una sonrisa nerviosa.

A algunos les gusta subirse a juegos mecánicos en donde puedan sentir la “muerte” de cerca. Además de las sensaciones, la velocidad, las caídas, las volteretas, el aire y los gritos, también pasan pensamientos dedicados a sacarte de la línea, a correr y no regresar a ese lugar.  A veces pensamos en si los rieles estarán bien aceitados, si “ésta” no será la vez en que falle el juego, será que a mi me toque. Muchas veces yo mismo me respondo que la probabilidad de que algo desafortunado pase en un juego mecánico es mucho menor a que pase en el auto que manejo todos los días… y entonces mi cabeza da un giro y me dice: – “Tal vez no e pase al juego, pero y si la catástrofe te pasa a ti, si tienes un infarto, si te rompes un hueso, si se te cae el celular… el celular, ¿dónde está?”

Pero al finalizar el juego pueden pasar dos cosas, o decides que la adrenalina la necesitabas, para sentirte vivo, para sentir que fluye sangre en tus venas o, como yo, piensas que no lo volverás a hacer –“¿qué necesidad tengo de exponerme a estos juegos del demonio? :p” Y así me he prometido varias veces no exponerme al miedo. Porqué, porque hay un segundo miedo, el miedo al miedo. Ese es más escurridizo e ilógico. Se esconde en la cobardía, en las palabras hirientes, en la inseguridad y en la falta de amor propio y ajeno. Se esconde en el prejuicio, “No debes tener este miedo”, es un miedo que de no ser entendido, aceptado o validado es signo de separación, de alejamiento o desamor.

Muy elevada esta parte, no me interesa ir por esa línea, quiero mejor regresar a verle la cara al monstruo. Porque muchas veces he escuchado que se le tiene miedo a lo desconocido. Con lo que se infiere que una vez conocido la causa, se deja de tener miedo, error. El miedo a lo desconocido es muy difícil de controlar porque no sabes contra qué te enfrentas, es ese miedo primigenio que surge de la incertidumbre, de la desazón. Es el miedo a todo lo que imagino que pudiera estar dejando esas migajas de información que forman en mi imaginación la cara del monstruo. Pero qué equivocado estaba.

Miedos tengo varios, algunos vienen grabados en el disco duro… la muerte, la pérdida y el dolor. Estos tres han sido representados por varias caras a lo largo de mi vida.

El dolor, con el miedo al dolor intentaban controlarme de chico cuando mi papá me decía – “Te voy a dar un jalón de orejas si…” Y es gracioso, no recuerdo como terminaba esta frase, no recuerdo ni una sola frase completa, sólo recuerdo la amenaza, el miedo y por supuesto el tronido de mi oreja después de un buen jalón de oreja. El calor, también recuerdo el calor. Y sí, perdí el miedo al jalón de oreja. La verdad es que recuerdo que el mismo jalón no me daba ya miedo, porque al parecer había otro miedo disfrazado, la pérdida.

La pérdida del amor, del lazo. La creencia de haber perdido el amor y orgullo de mi papá. Cuando me amenazaba con una jalón, ya no me daba miedo el dolor, me daba miedo no ser querido. Pero no lo sabía. El miedo a perder a mi papá era muy grande.

Un típico día de secundaria, me di cuenta de que el dolor no me daba miedo, pues llegué al  punto de retarlo, de retar a mi papá, de pedirle que me golpeara. Si no sabía que hacer conmigo, que me golpeara. Me dijo –“Si le vuelves a decir eso a tu mamá (No recuerdo qué), sí te voy a golpear” muy enojado, con la cara roja… Pues lo repetí, repetí la fatídica mención (sigo sin recordarla). Mi papá saltó de la cama desde donde veía la tele normalmente hasta el sillón donde yo estaba y me pegó. Me dolió, pero no más que los golpes que me daba con mis amigos de la escuela. Y le dije –“¿Ahora qué, qué vas a hacer, si no puedes hablar de esto, sólo te queda golpearme, vas, pégame otra vez.

Estaba probando la segunda teoría, aunque me golpeaba a mi, le dolía a él también. Esto significa que me quería… secundaria, difícil etapa.

La muerte, el miedo a morir, o a que mueran. Se parecen aunque no son lo mismo. Pero el miedo está ahí, se llama igual y tiene diferentes caras.

Viendo películas, hay 2 temas que me pueden hacer llorar desde que aparece el primer indicio en pantalla, la pérdida del padre en la relación padre-hijo, y la pérdida del un perro o el dolor de un perro, sobre todo cuando la lealtad se ve puesta a prueba. Y es que mi relación con mi papá ha sido siempre reflejada en los perros. Sus perros, Gaidel y Gaucho. Uno negro y otro Café/Blanco (Todo gris en su vejez). Fueron los últimos perros de mi papá. Les compraba retazo con hueso en el súper y se los preparaba en olla exprés. Les calentaba unos pocos cada noche repitiendo el experimento de Pavlov con una serie de golpeteos en los platos metálicos en los que les serviría su manjar. En mi mente, como en la de los perros quedaría grabada la tonada hasta el día de hoy, yo tendría entre 4 y 9 años. Y los perros reaccionaban a la distancia con un suplicante chilleteo.

Recuerdo que la primera vez que vi a mi papá llorar fue cuando me dijo que su perro había muerto. Nosotros estábamos en Acapulco y al regreso tuvo que decirme, con la luz casi apagada, sentado en la sala, misma que después me regalaría cuando me casé, que su Gaidel había muerto. Nunca volvió a tener otro perro suyo. Tuvimos otros perros, pero en general, fueron mis perros, porque cuando cumplí 10 años me llevó a comprar a Bismark, por mi cumpleaños. En realidad, mi mamá fue quien lo alimentó y cuidó de manera esencial, pero era mi perro. O así lo sentía yo cunado lo llevé a sacrificar por tener displasia de cadera cuando tenía 7 años él y yo 17. Lo último que hizo fue darme la pata y mirarme fijamente hasta que se fue.

Cunado nos hicimos de un perro, el primer perro de mi nueva familia nuclear, Luka, un miedo apareció… se va a morir. La cara de este miedo la conocía, a este miedo lo había visto a los ojos. Sabía lo que sabía, sabía lo que se sentía… ver que se muere el perro de tu papá. Y eso es lo que le pasó a mi hija en noviembre pasado. Luka se murió, yo tuve que tomar la decisión, pues tenía muchos tumores… le dije – “Hija, Luka está muy enfermo, lo vieron en la cirugía, y como está tan mal… ya no lo van a despertar” – “¿Ya no…?” se le cortó la voz y comenzó a llorar conmigo, con su mamá, todos juntos abrazados en la puerta de la casa lloramos la pérdida de Luka.

Todo preparado, todas las experiencias necesarias en su lugar, vino el verdadero monstruo y me mostró los dientes. Mi papá.

Vinieron a mi casa a jugar scrabble. Algo no andaba bien, mi papá no podía formar palabras… sólo pudo hacer palabras de 2 letras… mi papá no estaba bien.  Diez tormentosos días siguieron. El miedo tirando zarpazos, tocando el hombre y agarrándome de la garganta. Prometiendo muerte, dolor y pérdidas. Gritando al oído y mostrándome su poder sobre mi y sobre los demás. El miedo me dio la cara y sobrevino la realidad. Mi papá murió. Y tomándolo de la mano, diciéndole palabras de aliento lo dejé ir.

El miedo sigue aquí, pero por alguna razón, creo que no es el mismo miedo. Le he visto la cara, hemos bailado juntos. La muerte es parte de la vida. Hay cosas en la vida que no se pueden cambiar, intentos de ordenar a la naturaleza*. Pero el miedo sique aquí, es como el día que reté a mi papá. Seguro hay otro miedo que no comprendo aún.

Hoy estamos esperando la llegada de un nuevo integrante de la familia. Un perro negro. Que esperamos que se integre a la familia y nos acompañe por este caos desordenado con mil encantos.

Abril 2020, el año del Coronavirus

Eduardo Quesada

Columna

Dedicado a la comunicación verbal y no verbal. Llevamos el sitio de NPI y tratamos degenerar un medio de comunicación social, plural y diverso. Lo cual es teóricamente imposible como ejercicio económico. No así como ejército social.

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