#INDOORS

9 mayo, 2020 78 Por cinque -

¿No te has encontrado alguna vez frente a una casa que te parece de muy buena arquitectura, acogedora, quizás, y te preguntas quién vivirá ahí dentro?  ¿Cómo será la cocina, los cuartos?  ¿Tendrá chimenea; jardín?  Pero, sobre todo, ¿cómo será la gente que la habita?  

Ser invitado a casa de alguien me parece sumamente generoso, pues no sólo te comparten la comida o la convivencia, en realidad te comparten un poco de su intimidad.  Siempre hay pretextos.  Conocer a la familia de tus amigos cuando eres niño y te invitan a comer.  Cuando en la adolescencia se juntan en casa de alguien para hacer un trabajo, o de adulto cuando invitas a tus amigos de la chamba a una comida que se alarga toda la tarde. 

He tenido mucha suerte de ser invitada a conocer algunas casas que se me antojaban desde fuera.  Pero he tenido aún más suerte de ser invitada a conocer a muchas personas y sus dinámicas.  Ahora, gracias a estos días extraños en donde no sales de casa, puedes de alguna manera, entrar a la casa de otros.  

Los primeros días del encierro, fue principalmente con maestras.  De alguna manera cruzamos intimidades.  La mayoría de esos días, sin alumnos, alguien hizo la observación:  ¡qué maravilla verlas sin maquillaje!”  Todavía no sabíamos si regresábamos del todo a clases, o sólo mandábamos trabajo, pero era cierto, entre nosotras, preferíamos la delicia de presentarnos ante la cámara, con la cara lavada.

Las realidad sociales también se dan a notar.  La mayoría de mis alumnos son privilegiados y he visto muchas versiones de dichos privilegios.  Hubo alguno que se conectó las primeras semanas desde Los Cabos.  “¿A poco puedes salir a la playa?” le pregunté sorprendida, habiendo escuchado que ya estaba prohibido.  “Sí.  Hay una playa privada aquí.”  Casas hermosas en Valle de Bravo, jardines amplios; de repente -y aunque ya no esté permitido por la escuela- también aparecen algunos en su cama.  Cabeceras king size elegantonas, cuartos compartidos con el hermano en pijama atrás.  Y, de vez en cuando, hasta me presentan a esos hermanos (quieran ellos o no, jaja).  Cuando se sientan en algún área común, como sala o comedor, puede asomarse de pronto la muchacha que ayuda en la limpieza (esto también ha ocurrido con alguna maestra despistada). 

La mayoría de los maestros no gozan de tantos privilegios y aún así, te invitan a su casa abierta y generosamente.  Algunos se sitúan en un estudio donde tienen escritorio, muchos libros y cuadernos en desorden, y hasta un pizarrón.  En la parte de atrás se ven las cortinas y las rejas de la ventana que dejan ver una situación muy diferente a la de los alumnos.  Un profesor incluso tuvo que encerrarse en un tipo closet seguramente huyendo del ruido y las distracciones de los niños en su casa.  

Con pacientes es un poco distinto, porque obviamente los conozco mucho más y ahí es sólo ponerle realidades a las imágenes que ya me había creado en la mente.  El cuarto de una chava joven, en medio de la casa de sus papás y que sigue siendo ‘de paso’, sin un claro límite.  Por supuesto, en medio de una sesión, entra la mamá.  Ella, con toda la razón, se enoja y le dice que ya le había pedido que no entrara porque estaba en terapia.  Como era lógico también, la mamá se queda a discutir unos minutos, en lugar de salir al instante.  

El departamento de solteras de mis pacientes jóvenes que tienen decorado muy a su gusto, con el espacio acogedor o minimalista, según sea el caso.  La sala de tele de la mamá que por una hora huye de la demanda cotidiana de sus hijos.  Como no quiere que entre nadie a su casa, le ha pedido a la gente de limpieza que no vaya (claro, habiéndoles pagado -me aclara-). Esto hace que nuestras sesiones tengan que ser más tarde, para que pueda terminar de arreglar todo y al menos poder bañarse.

Y, claro, también he tenido chance de disfrutar desde lejos, las casas más familiares.  Cada semana entro a casa de mis hermanos y de mi mamá, y nos disfrutamos muchísimo:  su comedor, el patio de mi hermana o la mesita donde arman sus rompecabezas.  El rinconcito de mi mamá, donde tiene su escritorio y su compu.  La casa de algunas amigas, de los maestros de música y de mis primas.  Casa de los compañeros de mis hijos y de sus maestros, porque cuando tengo chance, y desde lejos, intentando no ser captada por su cámara, también me asomo y escucho algunos comentarios de clase:  tanto de alumnos como de maestros.

La verdad, no me siento tan encerrada.  Se abren siempre puertas y posibilidades de conocer a las personas que tienes cerca de manera diferente.  Es más, creo que cuando escucho de fechas probables para el regreso a la normalidad, espero que todavía se alargue un poquitín, porque salir de mi consultorio entre paciente y paciente, entre clase y clase y encontrarme a mis hijos en sus clases, con sus amigos, ayudando a la casa o haciendo algo de sus “musts del día” es una maravilla.

cinque

Columna

psicoterapeuta | corredora empedernida | apasionada por los vínculos, la buena música y la escritura | mamá de 2 | aprendiz de lo posible y de lo imposible

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