Gracias a Dios que no he matado a nadie

Gracias a Dios que no he matado a nadie

7 julio, 2020 18 Por Rosa María Quesada

Lo digo desde lo más profundo de mi corazón:  me duele profundamente la miseria  de los asesinos. Intento imaginar la náusea  que se provoca adentro del alma cuando uno ve en la mirada del de enfrente  (un semejante, un ser que  un segundo antes tenía  planes, amores, alegrías, ideas, deseos, agradecimientos, recuerdos) un profundo vacío, un montón de nada….. y saber que esa nada, ese no-ser, ese pasmo, ese reloj detenido, ese infinito en picada, lo ha provocado ni más ni menos que mi voluntad.

¿Qué se siente tener el poder de acabar con una vida?¿No se pudre el corazón al instante, no se chamusca convierténdose en cenizas inservibles?¿No te dejan de funcionar las piernas, el cerebro, la vista?¿No te olvidas de quién eres, no se evapora tu derecho a ser feliz para siempre?

Qué bueno que no he matado a nadie, ni por accidente, ni por buscar un bien mayor como mi propia vida, ni por venganza, ni por demencia, ni por ignorancia, ni por delirio de grandeza.

Hoy proclamo un réquiem por los asesinos, porque su luz interna se fue con su víctima, con poquísimas posibilidades de retorno.  No creo que haya una persona en el mundo entero que viva en una condición más ínfima que alguien que ha matado a otro ser humano.  No creo que haya justificación ni redención.  Y no me importa que la justicia lo avale,  no me importa que haya sido en defensa propia, y no me importa que el otro fuera el mismo diablo encarnado, matar a alguien te envilece.

Hoy lloro por aquéllos que han dejado sin alma a otro como yo con un cuchillo, con su  mano limpia, con un misil, con un botón…no, ninguna  muerte es un daño colateral, ninguna muerte es tan sencilla de olvidar como lo hacen los personajes de las películas de héroes norteamericanos, ninguna pérdida humana deja sin desangrar al planeta.

Pensaba seguir con mis cavilaciones sobre el tiempo, pero las noticias de la bala perdida que mató a una vendedora de sopes, los veintiséis muertos en Irapuato y los 8 más en Celaya de esta semana me hicieron detenerme y pensar en las palabras de Hannah Arendt: El mal es banal. Tal vez tenga razón, tal vez el mal sea innato a los seres humanos, tal vez sus consecuencias  debieran de olvidarse en cuestión de horas, meses, años.  Pero yo no he aprendido a hacerlo todavía.

Hoy me duelen más esas 35 muertes que los cientos de miles de muertos por covid, porque fueron un acto premeditado de un ser humano queriendo acabar con el todo de otro como él.  Lloro por los asesinos, por el triste cascarón  que queda de ellos después de haber matado, y que Dios los perdone, yo (tal vez incorrectamente) no puedo.

Rosa María Quesada

Columna

Pedagoga mexicana interesada en la literatura como forma de crecimiento.

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