La doble vida

La doble vida

24 agosto, 2020 603 Por cinque -

En diferentes culturas existen diferentes ideas de lo que está bien visto, de lo que es socialmente aceptable y de lo que se debe ocultar de una u otra manera.  Sabemos de las burkas o niqabs que llevan las mujeres musulmanas para cubrirse y no mostrarse en público.    Las mujeres judías más ortodoxas deben reservarse para su marido, por lo que afuera de casa no deben mostrar su cabello, utilizando una mascada o incluso una peluca, pero lo verdadero lo dejan para casa.  Otros, sentimos la necesidad de mostrar afuera “lo mejor” y dejamos “lo que no nos gusta tanto” para el de confianza.  Para algunas culturas, como la nuestra, es casi impensable que una mujer salga sin haberse arreglado.

Ésta es a la doble vida a la que me refiero aquí.  A una vida que nos permitimos mostrar a la mayoría, y a esa otra, que sólo compartimos con quien queremos o a quien confiamos.  Aquéllos con quien nos mostramos de “pé a pá”.  Intimidad es una manera de llamarle.    

Y estoy hablando de la verdadera intimidad.  No de sexo únicamente.  Porque para eso, algunos sólo requieren de una pasión desenfrenada, o, en su caso, de unos cuantos tequilas.  Pero al bajarse la borrachera o la desinhibición del desenfreno, normalmente hasta el más aventurado, prefiere taparse un poco. 

La intimidad da oportunidad de mostrarnos tal cual somos, de “seguir hablando en voz alta”.  Y para ese tipo de intimidad, se requiere de tiempo.  No puede aparecer de repente.  Se requiere tiempo de estar con el otro y de poco a poco irse quitando las barreras que separan e ir comprobando que el otro nos sigue aceptando a pesar de que no seamos perfectos.

Por supuesto que seguimos siendo los mismos.  Y que a pesar de que cuando estamos en público nos esforzamos por seguir muchas de las reglas sociales -sean éstas las formales o las ocultas (porque hay que checar que a veces la rebeldía es lo que hace ver a un hombre más valiente o a una mujer más feminista)-.  Pero creo que todos seguimos ciertas reglas -impuestas en casa, en la cultura o por nosotros mismos-, que nos hacen presentarnos ante los demás de determinada manera.  Todo con la esperanza de ser mejor aceptados (reconozcámoslo o no).

Existen diversos tipos de enmascaramientos.  Los que van desde un poquito de rubor y tantito lipstick, hasta la burka completa, no permitiendo mostrar nada de lo que en realidad somos.  No puedo dejar de hacer notar que todo esto se ve impulsado principalmente por la psicodinamia de cada individuo (por no decir, patología).  Algunas, por supuesto, son más adaptativas que otras.  Unas tienen costos mayores.  Y otras son tan aceptables por los demás, que es difícil quitarlas, porque a pesar de que uno no es realmente quien es, los beneficios de ocultar un poco de ese que verdaderamente “se queda en casa”, son mucho mayores.

Aquí algunos tipos de disfraces que me vienen a la mente:

FORTALEZA.  Ante los demás, uno puede presentarse fuerte, que nada que le puedan decir lo doblega, y llegar a su casa y llorar o desquitar su dolor agresivamente con su familia. Y es que en muchos casos, eso es precisamente lo que se espera.  He tenido por lo menos dos pacientes mujeres que se arrepienten terriblemente de haber hecho lo peor que se puede hacer en una oficina:  llorar frente a su jefe.  Es decir, dejar de controlar las emociones frente a su superior (laboralmente).  Equivaldría a dejarse ver en zoom en pijama… o ¡¡¡sin pijama!!!  Así de vulnerable.

A los hombres creo que se les exige más esta parte.  El clásico “los hombres no lloran” los encapsula en la imposibilidad de expresar abiertamente sensibilidad, dolor …. y hasta amor. 

LA VIDA COTIDIANA #ENCASA.  Esos datos que sabemos de la gente con que vivimos al menos un tiempo:  los que roncan, a los que le caen pesado ciertos alimentos, los que lloran en las películas animadas; los que leen sin parar; a los que les encanta estar descalzos en su casa y los que no pueden pararse de su cama sin tener las pantuflas puestas. 

Pero… ¿quiénes son aquéllos que sí conocen nuestras dos vidas?  Aquélla en la que nos mostramos comprensivas con nuestros hijos y aquéllas en que les hemos pegado un grito de horror; aquélla en la que podemos esperar a que el  otro diga toooodo lo que tiene que decir, cuando en casa somos unos maniáticos desesperados; nuestra vida académica impecable y nuestro gozo al sumergirnos adictivamente en una serie; esa vida recta y saludable y la otra en donde enloquecemos y hacemos tonteras de las que después nos arrepentimos.  Nuestra vida con vestido largo, rimel y perfume y la otra, con ojeras, pelos de escobeta y una cara de pocos amigos. 

No sé.  Trato de hacer un recuento.  Mi amiga de la infancia me conoce de gorda y de no tanto; de rebelde adolescente y … de rebelde adulto (jaja!).  Mis papás, por supuesto.  Aunque su amor muchas veces no les ha dejado ver todos mis defectos.  Además de mis hijos (que son confidentes a la fuerza), creo que los que me conocen más, son mis hermanos, a quienes también les toqué “a la fuerza”.  No les puedo ocultar esas partes que intento suavizar con los demás para no quedar como una loca.  Saben perfecto de qué pié cojeo y con qué me pueden hacer feliz. 

Queda claro que generalmente tenemos dos vidas.  Quizás lo importante es que a quien decidimos permitirle conocer la íntima es generalmente con el ferviente anhelo de que su amor sea más grande que nuestros defectos. 

cinque

Columna

psicoterapeuta | corredora empedernida | apasionada por los vínculos, la buena música y la escritura | mamá de 2 | aprendiz de lo posible y de lo imposible

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