Los libros  son un producto de  canasta básica

Los libros son un producto de canasta básica

Hace poco se dijo en las noticias que la gente solo está  gastando en lo que realmente es necesario para vivir. En este sentido, yo considero que los libros tienen que estar incluidos en esta canasta básica por las siguientes razones:

Lo primero que nos corresponde en esta cuarentena es mantener nuestra salud, y no solo la física, sino también la mental.  Ahora bien, el espíritu humano está hecho para volar hacia el sol, como Ícaro. Se pudre, se muere encarcelado.  Si nos cuesta muchísimo trabajo hacerlo, si nuestra inspiración está en ceros, nuestro optimismo por los suelos, si actuamos como autómatas repitiendo la misma rutina día tras día, hora tras hora,  necesitaremos recurrir a un catalizador como medicina que nos llene de ideas, que nos cuente lo que otros hacen, que nos abra posibilidades en una situación en la que no podemos ver las cosas con nuestros propios ojos.  Y si bien es verdad que estamos bombardeados de  posibilidades en internet, éstas también pueden llegar a adormecernos más que despertarnos (sin menospreciar las grandes aportaciones que también existen). Mi  apuesta más segura es   irnos por los libros.  Porque es imposible leer y disfrutar adormilados, porque  ellos nos estimulan a llenar esos espacios visuales en blanco que las imágenes en pantalla ya nos tienen resueltas.  Los libros informativos nos llenan de preguntas y alimentan nuestra curiosidad, los literarios nos abren ventanas a los mundos extramuros, y si esto es conveniente en tiempos “normales”,  se convierte en una necesidad básica durante el confinamiento.

 “Leer es un ejercicio de libertad”, dice Argüelles,  y añade que los libros caen en la categoría del ser  más que del hacer, porque su bondad radica en la manera en la que nos transforman intrínsecamente cuando los leemos a la manera que describe Viñao:  “Cuando la lectura es interiorización, el lector hace suyo el texto.  Ésta es una operación en doble sentido: se recorre un camino de dentro hacia afuera- del lector al texto- y otro de vuelta, hacia adentro, con algo que se toma del texto leído y que genera nuevas anticipaciones y expectativas, nuevas idas y venidas.” (1999:232)

Tomo como ejemplos al vuelo al chico de la película “Un millonario con suerte” (Scott, 2018), que cuando estuvo en la cárcel podía relajarse escuchando las historias que el preso de la celda contigua le narraba.  Lo mismo pasa con los personajes de El beso de la mujer araña (Puig 1976), o de Me llamo Parvana, que salva una vida al calmar los ímpetus de suicidio de un preso al irle a leer todos los días bajo su ventana (Ellis, 2012).  Recordemos también el paradigma de todas las almas “salvadas” por los libros: Robinson Crusoe y su Biblia.

Pero- un gran pero- recordemos que la lectura no puede sustituir a la vida,  no es verdad que es mejor leer que hacer cualquier otra cosa. Leer no es la actividad que tiene que estar automáticamente y por definición en el cúlmen de nuestras actividades.  Muy por el contrario, leer está en la base, es un trampolín que ayuda a que veamos más claramente todo lo que existe fuera de los libros.  Nuestra meta tiene que ser la vida, no la lectura. Leer es un medio para suplir y complementar nuestra vida en sus carencias, más no es un fin por sí misma.  Pero  tal  como  con los lentes vemos mejor, gozamos más la vida cuando leemos. Leer, más que una obligación, es un derecho, y ahora, en este confinamiento, podemos ejercerlo a su máxima capacidad. ¡Aprovechemos!

Argüelles, J. (2010). Escribir y leer con los niños, los adolescentes y los jóvenes.  México, Océano

 Viñao, A (1999) Leer y escribir, historia de dos prácticas cuturales.  México, Educación, voces y vuelos i.a.p.

Rosa María Quesada

Columna

Pedagoga mexicana interesada en la literatura como forma de crecimiento.

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