Para toda la vida

Para toda la vida

21 julio, 2020 50 Por Rosa María Quesada

Una amiga está teniendo problemas maritales, nada raro.  Eso me recordó que lo que más me enojó de cuando me separé no fue el momento presente, sino el futuro.  Yo me había casado con la intención de hacerme viejita junto con alguien, y romper  la posibilidad de recorrer un largo camino con una misma persona que me conociera “desde el inicio” fue lo que más me dolió.  Mi foto con mi viejito al lado después de haber tenido hijos y nietos (justo como la de mis abuelos en su comedor) se había disuelto como en la película de Volver al Futuro, solo que en mi caso nadie impidió que todo se desvaneciera en la niebla.

Pero, pero, pero, la vida siempre compensa.  No habré tenido un esposo eterno, pero tengo una amiga, mi kimosabi, que conocí cuando tenía 4 años, y no recuerdo nunca haberme peleado con ella. Les contaré su historia en otra ocasión.  Ahora les voy a contar de otro grupo de amigas a las que llamaban “El callejón de los milagros”, que era el nombre de una telenovela allá a finales de los ochentas.  Como podrán imaginarse, éste era el grupo de las nerdazas del salón, las que hacían preguntas a los maestros y tenían la osadía de seguir platicando del tema de la clase en los recreos. Con una, sacrilegio, hasta utilizábamos nuestro tiempo libre para visitar la biblioteca de la escuela, que olía más antigua que la de Howarts, con una bibliotecaria más viejita que McGonagall. Una vez en clase de moral tuvimos la osadía  de leer  Aura a escondidas, bajo los escritorios, sin saber que tiempo después esa lectura sería motivo de escándalo.

Traigo a este grupo de amigas personales a colación porque creo que puede ejemplificar en lo concreto el concepto de “amigas de toda la vida”.  Mis dos abuelas tenían amigas así, pero yo las veía como señoras viejitas y aburridas que iban a tomar café a la sala a la que no podíamos entrar los niños.  ¿Qué divertido podía haber en eso? No me pasaba por la cabeza que ellas también fueron jóvenes, y que seguramente en sus 50 o 60 años de convivencia alguna aventura habrán tenido. Pero ahora, con más “experiencia acumulada”, entiendo mejor lo que decir “a mí no me engañas” significa.   

Treinta y seis años de amistad ya cuentan. Y lo que nos falta, porque todavía no estoy tan dada al cuaz  como mi abuelita en los tiempos en que tomaba el café con  su amiga Lupe Huerta.  Que cómo es eso de ser amigo de alguien por más de diez años, se preguntarán los más jóvenes.   Les voy a dar ejemplos, solo algunos, de lo que significa conocer a alguien tanto que es posible chantajearla en un dos por tres, si se diera la necesidad. Lo cual iría contra los principios universales de la amistad, claro está, uso el ejemplo con meros fines didácticos. Además, por supuesto, de que sabemos  la fecha de nacimiento de cada una, con todo y hora, también  nos conocemos de memoria  nuestros gustos y manías: de hombres, el primero, de comida, de lectura, de música, de cine, etc.  Nos podemos hablar en clave, porque  tenemos códigos secretos elaborados al paso de los años.  “Jacarandas”, por ejemplo, es una palabra llena de significados que me es imposible revelar públicamente.  Sé quién de ellas ha tenido un aborto, quién ha destruido patrimonio nacional, a quien la han cachado con un vibrador en la aduana. Y también quién ha ganado concursos literarios, quién ha sido interpretada en el cine  y quién lee el tarot con un tino extraordinario. Unas somos madrinas de bodas de las otras, de bautizo de nuestros hijos/ hijas, hemos sido elegidas como albaceas para custodiar nuestras cuantiosas herencias, y a veces también nos hemos prestado dinero para pagar nuestras mínimas deudas.  ¿Qué les puedo decir?  Hemos llorado en nuestros hombros por infidelidades, nos hemos tomado fotos en la alfombra roja a la hora de nuestros éxitos, he bañado a sus hijos, les he heradado vestidos y juguetes, me han hospedado en su casa en el extranjero y en provincia y viceversa…Conocen mis secretos: me han pintado mis canas, han aguantado mis gallitos al cantar, me han salvado de la hipotermia, hemos cometido una que otra fechoría juntas.

TREINTA Y SEIS AÑOS, que han visto pasar terremotos, nevadas, pandemias, inundaciones, matrimonios, nacimientos, divorcios enfermedades, muertes, premios, envidias, regalos, confidencias. Disfraces, conciertos, días de campo, acapulcazos… Esta temporada las he disfrutado muchísimo en el zoom. Las veo los miércoles para leer poesía (seguimos siendo nerds) y  para cocinar juntas los sábados (ahora tenemos bocas que alimentar).  En un curso de abundancia que estoy escuchando me pedían que pensara en personas prósperas a mi alrededor, pero no solo económicamente, sino personas que hubieran hecho algo que valiera la pena con su vida.  Sin temor a equivocarme puedo decir que el Callejón de los milagros lo ha logrado.

No es por dar envidia, pero tener amigas así, de las que sabes que siempre estarán de tu lado  aun si tu caso es indefendible, es algo que hay que agradecerle a la vida, y a ellas, por aguantar.

Rosa María Quesada

Columna

Pedagoga mexicana interesada en la literatura como forma de crecimiento.

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