¿Quién se cayó?

31 mayo, 2020 188 Por cinque -

Hoy vi a un hombre cojeando.  No un hombre cualquiera.  Un hombre que admiro y quiero. 

Y no pude evitar entristecerme. 

Quizás no era para tanto.  Pero me imaginé cómo se habrá sentido cuando iba cayendo.  ¿Lo habrá vivido en cámara lenta, como las veces que me he caído yo?

“Uno siente empatía por ciertos eventos más que por otros,” le dejé un mensaje llegando a mi casa.  “A mí me duelen las caídas.  No sé si por experiencias propias o por ver el dolor en alguien más.” 

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Hace varios años mi mamá empezó a correr en la pista que se hizo al lado del Acueducto.  Se había sentido feliz y orgullosa de estar haciendo ejercicio.  Y un día llegué a la casa -de la universidad, creo- y la encontré toda vendada y parchada de la nariz.  Se la había roto.  Nunca he visto a mi mamá tan vulnerable y dejando su acostumbrada posición de fortaleza.  Como cuando un niño pequeño llora sólo al ver los brazos de la mamá.  Sólo que aquí era yo la hija, adoptando un papel contenedor hacia mi mamá.

Bueno, tal vez sí la he visto más vulnerable aún… hace menos de 6 meses.  Estábamos en el hospital mi hermano, ella y yo y teníamos que tomar decisiones.  La mayor parte de nuestra comunicación era con la mirada.  Casi siempre envestida de dolor.  Como queriendo que la respuesta del otro fuera diferente a la que ya sabíamos. 

Mi papá, el hombre más fuerte del mundo, estaba dejando de serlo.  Y mi mamá no podía recargarse en nosotros para llorar porque sabía que también estábamos doliéndonos.  Así que cuando llegó alguien del exterior (porque aunque sólo fueron unos días, parecía que ya vivíamos en un mundo encapsulado), un hombre alto, fuerte y representando cuidado y contención, mi mamá se dejó llorar.  ¿Cómo contener un dolor inconteninble?

A mí me pasó hace más años, 10 casi al día de hoy, cuando mi abue llegó al velatorio.  Parecía no entender bien dónde estaba e intentaba reconocer a la gente que deseaba abrazarla y darle el pésame.  Yo esperé mi turno.  Me dolió verla así, más chiquita de lo que ya se había hecho.  Se soltó en mis brazos y me dejó cargarla… se desmayó.

Muchas veces mi rol ha sido de contención ante la tristeza de un paciente que se da cuenta de lo profundo de su dolor; me ha tocado contener con palabras, con la mirada y, afortunadamente también, con un abrazo.  Me ha tocado abrazar suficientemente fuerte a mi hijo hasta que deje de temblar por una pesadilla.  Me ha tocado contener un dolor por culpa, teniendo que afrontar un futuro que ya no podría ser igual, ni mejor.

Pareciera que para que alguien sea fuerte, no debe perder dicha fuerza ni aún en los momentos más difíciles.  Mi mamá se propuso no ser de esas viudas que no pueden con la tristeza, sino seguir adelante.  Mi papá no se permitió sentirse débil y se enojó conmigo cuando le hice notar que le costaba trabajo caminar.  Tontamente pensé, “no le vuelvo a decir nada si por eso se va a enojar”, y lo cumplí, porque ésa fue la última vez que vino a mi casa. 

Eso es todo lo que me provoca un hombre cuando cojea porque se cayó y se espantó y necesitaba que lo contuviera:  escuchando, o abrazándolo.  No se me ocurrió mejor forma que acompañarlo hasta su casa.  Por supuesto, no lo necesitaba.  Pero de repente hay momentos en que es la mejor forma de decir “te quiero”.  Claro que hay otros en que la palabra escrita hace la diferencia.  Así mi hermana hoy:  “Hablé con mi Abue.  De repente se puso triste porque se acordó de mi papá.  Me puso triste a mí también, pero además, me dieron ganas de decirte a ti que te quiero, ahora que puedo.”

Sí, definitivamente, por más fuerte que sea uno, siempre es lindo escuchar, de diversas maneras, que sí te quieren.

cinque

Columna

psicoterapeuta | corredora empedernida | apasionada por los vínculos, la buena música y la escritura | mamá de 2 | aprendiz de lo posible y de lo imposible

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